Por Claudio Orrego, Intendente RM

Santiago se encuentra entre las 50 ciudades más grandes del mundo, con un fuerte protagonismo en América Latina, y es la postal que se llevan muchos al visitar el país. Sin embargo, pese a sus pergaminos, es una de las ciudades más segregadas y desiguales de la región.

¿Qué hacer con Santiago? ¿Adónde va la ciudad? Los problemas de contaminación, de seguridad, de transporte, ¿pueden seguir siendo arreglados sólo en base a los esfuerzos individuales de municipios que buscan lo mejor para sus respectivos barrios? ¿Lograremos superar la segregación solamente en base a las políticas del ministerio de Vivienda, que construye pero sin coordinarse con otros servicios públicos?

Santiago tiene las potencialidades para ser la ciudad de mejor calidad de vida y un floreciente centro de negocios de América Latina y, sin embargo, vemos como día a día otras ciudades del continente nos ganan ese sitial: Bogotá, Buenos Aires, Montevideo.

¿Qué hay que hacer? O aún más importante, ¿cómo hay que hacerlo? Hemos llegado a un punto de inflexión, y la Comisión Asesora Presidencial para la Descentralización y el Desarrollo Regional convocada por la Presidenta Bachelet, que entregará próximamente su propuesta  de trabajo, puede cambiar radicalmente este escenario convirtiéndose en la matriz de una de las reformas más trascendentes del actual gobierno.

Porque descentralizar no es un camino que deba concluir en Santiago, sino que, debe iniciarse en Santiago. El sistema de transporte lo dirige el ministro de Transportes; la expansión de viviendas,  el de Vivienda. Pero no hay nadie que vele por el interés integral  del territorio. Que haga que la voz de los ciudadanos se escuche al momento de diseñar estas políticas públicas. Que piense en una ciudad armónica e integrada.

Santiago merece tener un Gobierno democráticamente electo. Con atribuciones y recursos para poder dotar a la capital de Chile de un norte, de un plan (con metas y plazos), y de un propósito claro, preciso, y ambicioso. Eso no va a ocurrir con 52 municipios-isla desperdigados, con ministerios que intervienen el territorio sin preguntarle a nadie y con un Intendente que más parece sheriff que director de orquesta.

Ya sea que se llame Alcalde Mayor o Intendente Metropolitano, sin dudas que se necesita dotar a esta autoridad de mayores atribuciones que le permitan ser un efectivo organizador y articulador de la ciudad. Este puede ser un legado que nadie sospechaba,  pero uno de los más relevantes que deje la Presidenta Bachelet.

*Columna publicada en el diario La Segunda el 24 de septiembre de 2014