Claudio Orrego, Intendente de la Región Metropolitana

Arrinconados entre la cordillera y el mar, los chilenos hemos aprendido a lidiar con una geografía siempre difícil y caprichosa. Pero, como nunca antes, una seguidilla de catástrofes naturales ha puesto este año a prueba la capacidad que tenemos como país de recuperarnos ante las tragedias.

Un breve repaso nos lo recuerda. Incendios arrasaron con viviendas en Valparaíso y parques nacionales en La Araucanía; las erupciones de los volcanes Villarrica y Calbuco sepultaron de cenizas amplias zonas del sur de Chile; una profunda sequía puso en aprietos a la agricultura entre las regiones de O´Higgins y Los Lagos mientras por el norte un alud de agua y barro arrasaba con Atacama y Antofagasta. Para que hablar del reciente terremoto y posterior tsunami que destruyó la costa de la Cuarta Región. Hoy doce de las 15 regiones del país tienen obras de reconstrucción por catástrofes.

Sin duda, la naturaleza forja nuestro carácter y nos obliga a levantarnos una y otra vez ante situaciones adversas y salir finalmente fortalecidos de la experiencia.

A fines del año pasado, la Fundación Rockefeller reconoció esta característica y escogió a Santiago entre las 100 urbes  que -dada su vulnerabilidad pero también su capacidad de sobreponerse- integrarán un proyecto sobre resiliencia junto a urbes como Medellín, Ciudad de México, Bangkok, Ramallah, New Orleans, Durban y Roma. El plan regional que propusimos y hemos comenzado a implementar, a la par con el proceso de contratación de un encargado o gerente de resiliencia, se centra en desarrollar de manera integral la ciudad, aprendiendo a implementar nuevos dispositivos de seguridad y reduciendo la vulnerabilidad.

Hablamos no solo de impactos relacionados con desastres medioambientales sino también de aquellas situaciones estresantes que pueden afectan a una ciudad en el día a día, y que incluyen problemáticas como la falta de agua, la violencia, la contaminación o un insuficiente sistema de transporte.

De cierta manera, nuestra capital será la punta de lanza de un aprendizaje que debemos realizar como país, que es mejorar nuestros sistemas de resistencia, aplicando alertas tempranas e identificando puntos críticos para enfrentar amenazas presentes y estar preparados tanto en los buenos como en los malos momentos.

Es importante que una ciudad con aspiraciones de desarrollo ocupe las capacidades humanas y tecnológicas disponibles para evitar tragedias mayores. Si bien no podemos manejar el comportamiento de la naturaleza, sí podemos estar preparados para atenuar su impacto. Eso también forma parte del mejoramiento de la calidad de vida de nuestros ciudadanos.

*Columna publicada en La Segunda el 7 de octubre de 2015.