Por Claudio Orrego, Intendente de la Región Metropolitana

El país aún recuerda con estupor lo ocurrido en Freirina, con la planta faenadora de cerdos de Agrosúper. Malos olores y problemas sanitarios. Y una nula respuesta de parte de la autoridad y la empresa privada. ¿Qué se logró con ello? Que la comunidad se alzara, no de la mejor manera, para poner fin a lo que ellos sentían como una violación a su dignidad.

Pocos años después, otro grupo de chilenos, de un sector pobre del norte de la capital, está viviendo algo parecido. Se trata de los vecinos de la comuna de Tiltil, que llevan años soportando los nauseabundos olores de la empresa de cerdos Porkland.

Múltiples multas, varias denuncias a las entidades ambientales, y la comprobación empírica de este propio intendente sobre los malos olores del lugar, nos permitieron clausurar parcialmente Porkland, cerrando 4 pabellones y concordando un compromiso para reducir cuatro mil cerdos. Pero claramente es insuficiente. Uno hubiese esperado que a esta altura hubiésemos aprendido la lección, y que tanto la empresa privada como el sistema judicial ambiental entregaran respuestas más claras y contundentes a los vecinos.

Yo me pregunto. Esta planta, que ha incumplido reiteradamente con los estándares establecidos por la resolución de calificación ambiental, ¿cuánto hubiese resistido abierta si esos olores, en lugar de a los modestos vecinos de Rungue o Montenegro, hubieran llegado a los vecinos de Vitacura, Las Condes o Providencia?  Generalmente, en nuestro país las instituciones perciben de  mayor manera la presión cuando surge de las capas que tienen más dinero, y bastante menos cuando el clamor surge de aquellos con menores ingresos.

Por ello nos alegramos de esta alianza entre los vecinos de Tiltil, instituciones de  gobierno como la Intendencia Metropolitana o la Seremi de Medio Ambiente, y la alcaldía de la comuna, que ha puesto en el candelero la irresponsable actitud de empresas como Porkland, que se han instalado que en el sector y no han cumplido con la normativa, desmejorando notoriamente la calidad de vida de sus habitantes.

Tenemos una deuda con Til Til y es el momento de empezar a pagarla. Si no se hace algo ahora, Porkland va camino a ser una nueva Freirina. Y si la autoridad no actúa a tiempo, nadie podrá detener la protesta social de chilenos y chilenas que, con justa razón, se sienten tratados como ciudadanos de segunda categoría.

*Columna de Opinión publicada el 09 de febrero de 2015.