Por Claudio Orrego, Intendente de la Región Metropolitana

No cabe duda de que las autopistas urbanas significan un aporte. En el caso de Santiago, si bien no todas las concesionarias han cumplido a buen nivel con los requisitos ambientales y/o compensatorios, las autopistas ya son parte del esqueleto de la red de transporte de la capital. Este tipo de inversiones son buenas para la ciudad y el objetivo que cumplen también es loable.

En ese contexto surge el debate por la Autopista Vespucio Oriente, que cruza Peñalolén, Ñuñoa, La Reina, Las Condes y Vitacura para desembocar en Huechuraba y Recoleta.

Si bien está la necesidad de cerrar el anillo de la circunvalación, el interés legítimo de los vecinos es que no ocurra en el sector oriente lo que ya ocurrió en el sector sur: comunas completamente cortadas en dos por una autopista a tajo abierto sin las debidas interconexiones.

Para evitar esto, se ha optado por dividir el trazado en dos partes. La primera, una trinchera cubierta, desde Avenida Grecia hasta Tobalaba con Príncipe de Gales, y luego un túnel minero que irá desde este último punto hasta El Salto, convirtiéndose en el túnel más largo de Santiago. Hasta ahí, poco que alegar.

Lo que no me parece justo ni adecuado, como Intendente de la Región Metropolitana, es que el Estado chileno vaya a invertir prácticamente 400 millones de dólares en AVO para que autos particulares anden más rápido en la carretera, en una ciudad donde los expertos concuerdan que se necesita disminuir el transporte privado en beneficio del público. No olvidemos que en este sector además se encuentran las familias de más altos ingresos de la ciudad, a las cuales también, y en forma adecuada, se les va a entregar un espacio público que en otros lugares simplemente se eliminó.

Para hacerse una idea de lo que implica ese gasto, solamente dos botones: con un cuarto de lo que se va a subsidiar AVO podríamos concretar los 700 kilómetros de ciclovías de alto estándar que le faltan a Santiago; con 400 millones de dólares, podríamos hacer gran parte de los corredores  de transporte público que requiere la ciudad.

Bien que existan autopistas urbanas, bien que estas no destruyan espacios públicos y bien que no dividan comunas. Muy mal que la autopista del sector más rico de Santiago se haga con un subsidio del Estado que tiene usos alternativos de infinita mayor valor para la ciudad.

*Columna publicada en diario La Segunda el 19 de enero de 2015.