Por Claudio Orrego, Intendente de la Región Metropolitana

Dos hechos han herido el espíritu de Carabineros de Chile en los últimos días. Primero, el más grave, el cobarde asesinato del cabo Alejandro Gálvez Gálvez en la noche del “Día del joven combatiente”. El segundo, una publicación del Instituto Nacional de Derechos Humanos destinada a formar en DD.HH. a escolares, en la que superficial e injustamente se generalizan acusaciones al actuar de Carabineros en el marco de las manifestaciones sociales.

En concreto, la frase que más ha dolido a la institución ha sido aquella de “las detenciones en las marchas han sido un elemento de represión que ha utilizado Carabineros para evitar la reunión libre de las personas que luchan por sus derechos”.

Siendo parte de una generación que entró a la vida pública para luchar por el respeto de los derechos de todos los chilenos y chilenas en tiempos de dictadura, en esta ocasión comparto 100% la opinión crítica de Carabineros a este texto, por considerarlo sesgado e injusto.

La mayoría de los chilenos rechazamos cualquier tipo de abuso, venga de donde venga. Sea del empresario que se colude, del político que se beneficia personalmente de su poder, del uniformado que usa ilegítimamente la fuerza o de aquel que actúa como matón de barrio amenazando a otros. Pero una cosa es rechazar el abuso de un individuo en particular, y otra, sembrar el manto de duda sobre toda una institución.

En mis últimos 10 años de servicio público, primero como alcalde y ahora como intendente, he sido testigo del tremendo ejemplo de compromiso y entrega de Carabineros de Chile en todo el país, y en todas las múltiples funciones que la ley y la sociedad les ha encargado. Desde su rol cotidiano en la lucha contra la delincuencia, pasando por su liderazgo en emergencias de todo tipo, hasta su rol tan necesario como difícil e incomprendido en términos de garantizar el orden público.

He visto cómo Carabineros pasan de un partido a una marcha, a una maratón, al servicio en sus comisarías, sin tener muchas veces el descanso que todo trabajador y padre de familia se merece. He visto cómo no siempre tienen las condiciones de trabajo ideales. He visto cómo arriesgan su vida en el cumplimiento del deber.

Por todo lo anterior es que me parece tan injusto el texto ya mencionado. En una institución que tiene más de 50 mil funcionarios, siempre puede existir un error, un abuso o una manzana podrida. Cuando ello se detecta, la sociedad, los medios de comunicación, la autoridad y el mismo mando de Carabineros debe proceder con celo a la investigación de lo denunciado, y a las sanciones cuando corresponda. Pero de ahí a sostener que su labor es sinónimo de “represión para evitar la reunión libre de personas que luchan por sus derechos”, hay un enorme trecho.

Durante el último año he tenido la dolorosa misión de visitar a numerosos carabineros que han sido brutal y cobardemente heridos en protestas. Quemados en emboscadas con bombas molotov, agredidos con todo tipo de elementos contundentes, incluso con armas de fuego. Recuerdo en particular el caso del teniente Vidal, quien casi fue asesinado a golpes en la plaza Brasil por una horda de violentistas. Cuando ocurren estos hechos no puedo sino pensar en los derechos humanos de quienes son los llamados a defendernos ante la violencia irracional y delictual.

Una cultura de respeto a los DD.HH. supone cuidar la integridad de todo ser humano, condenar toda manifestación de violencia, garantizar el uso responsable del monopolio de la fuerza que tiene el Estado, la libertad de reunión y expresión, y, sobre todo, evitar generalizar responsabilidades que son siempre individuales y no colectivas.

En estos tiempos duros, reafirmo mi apoyo a Carabineros de Chile y al respeto de los DD.HH. de todos los chilenos. Estas dos afirmaciones nunca más deben verse como antagónicas. Pueden y deben ser siempre lo mismo.

*Columna publicada en el diario El Mercurio el 08 de abril de 2015.